dimarts, 12 de març del 2013

Celos


Estás solo en el bar de todos los días desde que sucedió. Tu confidente, el vaso de cerveza, otro más,  que no te pide nada y que te da todo. Todo  lo que necesitas, alcohol en vena que te traiga el olvido. Pero tú no quieres olvidar, quieres tener siempre presente el momento. O eso pretendes creer.
Nunca te gustó. Pero te enternecía cómo la trataba. Así que cuando dejó de tratarla como un enamorado, tú que realmente lo estabas, acabaste con él. Aún no te han descubierto, ni creo que lo hagan. Estudiaste muy bien todos tus movimientos y él, bajo tierra, no tiene muchas posibilidades de delatarte.
Aquí estás, solo. Aislado en tu mundo. Porque ni siquiera ella, en su ignorancia, podrá agradecértelo.


Metro


Metro Plaça Espanya, hora punta. Es el cuatro de agosto y la gente apenas si puede respirar a pesar del aire acondicionado. El sudor se queda pegado en las paredes, en los asientos, en las barras. Con un poco de imaginación, veríamos emanar vapor de agua por los poros de brazos, piernas, cuellos, frentes. Olores. Abanicos de movimientos desesperados. Miradas hacia algún posible asiento vacío cuando el metro llega a una estación. Es el momento que aprovecha un individuo con pinta de no haber roto nunca un plato para meter los dedos en algún que otro bolso medio dormido. No sabe todavía, sin embargo, que dentro de unos segundos, una mujer que ha entrevisto su juego, va a mirarse la muñeca en busca de su hora. Se acerca al descuidero, abre su bolso y, sin levantar la voz más de lo necesario, casi susurrando, le dice “mete ahora mismo en mi bolso mi reloj”. El hombre abre la bolsa de plástico que lleva colgada de la muñeca, coge un reloj y lo desliza hacia la boca abierta del bolso de la mujer, que lo cierra sin aspavientos. Plaça de Catalunya. Casi las 4/4  partes de los viajeros bajan apresurados. Son las dos y media cuando la señora llega a su casa. En cuanto abre la puerta, empieza a contarle la escena del metro a su marido, que con gesto de sorpresa le dice. “¿Tu reloj? ¡Pero si te lo habías dejado en la repisa del lavabo!”

El orden de las cosas


La rutina le estaba devorando. Años y años de lo mismo. La alarma a las siete, levantarse sin desperezarse porque no había tiempo, tomarse el primer café del día, echarse un poco de agua por encima para quitarse el olor de la noche, vestirse, desayunar de pie, salir de estampida, coger el autobús, llegar a la oficina y ponerse delante de la computadora. Comer apenas, volver al trabajo, esperar a las siete, autobús, casa, cena, dientes, cama (sin olvidarse de poner el despertador).
El momento de darle la vuelta al guante y acabar con ese automatismo infernal había llegado. Probaría durante un corto período de tiempo, un mes, una semana...
No puso el despertador. Cuando llegó a la oficina, era de noche. No había encontrado ningún autobús y el paseo a pie le había sentado muy bien. Lo haría siempre así,  a partir de hoy. Sacó de la cartera el croissant de chocolate y metió el euro treinta del café en la máquina. Alguien había dejado el periódico del día sobre la mesa y se entretuvo  simplemente en ojearlo. El silencio absoluto le produjo un gran placer. No ver a nadie, también. Fue al lavabo y se lavó cara y manos, ya se ducharía al volver a casa. Los dientes podían esperar. Trabajó hasta que se hizo de día. Y luego paseo, casa, desayuno, cepillado de dientes, cama, no despertador. La ducha la dejaría. Durmió un sueño largo y profundo.
Durante tres días fue totalmente feliz. Al cuarto, sin embargo, alguna cosa empezaba a rechinar en su estado de euforia. No sabía muy bien a qué se debía, pero había algo. Empezaba a molestarle su aspecto físico, el pelo grasiento, el olor de su cuerpo, ciertos detalles a los que no le había dado excesiva importancia en estos días beatíficos. Pero su desasosiego iba más allá. La monotonía empezaba de nuevo a instalarse en él. “No importa –se dijo –, nuevo cambio”.

Cuando llegó a casa, al amanecer, cogió lápiz y papel. Haría un planning.  Anotaría todas las actividades diarias para que nada, lo que se dice nada, se repitiera en el mismo orden. Pasó todo el día en este trabajo. Nunca se había sentido tan dueño de sí mismo. Fue difícil, pero lo logró. Durante una semana seguiría con este programa que le obligaría a hacer todo en un orden desordenado. Nada de repeticiones absurdas. Tampoco dejar las cosas al azar. Cuando se metió en la cama, ya era noche cerrada. Como primer paso de su nueva vida, ese día uno, puso tres despertadores: a las 24h, a las 05h, a las o8h. A las 24h se levantó y se duchó. Se metió de nuevo en la cama. A las 05h, se fue a trabajar. Volvió corriendo a casa porque cuando sonara el despertador de las 08h debía lavarse los dientes.
Los días siguientes, nada siguió el mismo esquema. Un esquema que a un observador le habría parecido absurdo por incoherente, pero que él tenía estudiado hasta el último detalle.
Fue muy divertido. ¿Monotonía? ¿Aburrimiento? ¿Tedio? Palabras desconocidas.
No una semana, como se había propuesto. Durante meses, siguió el plan que se había trazado. Nunca su vida fue tan placentera. Sin embargo, ni siquiera las probabilidades son infinitas. ¡Y aunque lo fueran! El momento llegó. Alguna cosa empezó a rechinar en su estado de euforia, algo empezó a decirle que la felicidad no es de este mundo. Malhumor, cansancio, desgana, dejadez, hastío… ¿Tanto esfuerzo?

Sonó el despertador. Eran las siete de la mañana. Se levantó, sin desperezarse porque tenía el tiempo justo, tomó el primer café del día, se echó un poco de agua por encima para quitarse el olor de la noche, se vistió, desayunó de pie, salió de estampida, cogió el autobús, llegó a la oficina, se puso delante del ordenador… Hoy sí que iba a ser el día perfecto.

Ejercicio de estilo

Del verso de Rubén Darío "juventud, divino tesoro", Blas de Otero hizo el siguiente hecho de estilo:

"¿Sientes? La sangre sale al sol. Lagarto
 rojo. Divina juventud. Tesoro vivo."

                                                                 ***
 Del verso de Espronceda "con diez cañones por banda" que actúa como contexto, propongo:

Le fueron amores,
cañones al alma
diez cicatrices,
a banda y banda.

diumenge, 10 de març del 2013

El llavero


“Cuando tenía 8 años pensaba que lo más importante de un padre era su llavero”. El mío coleccionaba todo tipo de portallaves. Tenía un cajón lleno de ellos, pero había uno al que le tenía un apego especial. Ni siquiera era bonito, así que yo no entendía el porqué de esa querencia. Por él era capaz de enfadarse hasta límites insospechados y hasta –como hizo aquel día – de pegarme una bofetada y enviarme a mi cuarto sin cenar. A mí me gustaba jugar con ese llavero, a escondidas, mientras mi padre se adormilaba delante del televisor, espatarrado en el sofá y con el periódico deportivo abierto sobre sus rodillas y a punto de perder el equilibrio -– padre y periódico- e ir a parar encima de la alfombra. En esos momentos, yo iba hasta el mueble de la entrada en el que él lo había dejado al llegar a casa y me ponía a abrir todas las puertas: la de la casa, las de los armarios, los cajones de la mesa del despacho… Pero nunca era capaz de encontrar la cerradura que correspondía a una de esas llaves por más que lo intentase. Era para mí un misterio, esa llave solitaria que no servía para nada. Un día me atreví a preguntarle y ahí fue la bofetada. “Quién te manda jugar con mis cosas, mocosa?”, Plaff!!!, “a tu cuarto sin cenar!”. Dejé de jugar con el llavero maldito y con las llaves que no abrían todas las puertas.
Cuando tuve 13 años, descubrí la utilidad de la llave misteriosa. Era casi de noche cuando volví de la escuela y vi cómo mi padre abría la puerta que quedaba frente por frente de nuestra casa, la puerta de la casa donde vivía la vecina.


Sueños recurrentes


De nuevo soñaste que descuartizabas a alguien. Cuando te despertaste, tenías otra vez las manos manchadas de sangre.